jueves, 25 de junio de 2020


Pero yo, cuando tengo miedo confío en ti

 (Salmo 56:3-5)

Lic. Jeffry Campos Monge

Pastor Luterano

En los periodos de pandemia, así como transiciones 

de siglo o en la aparición de un profundo cambio 

civilizatorio siempre ha aparecido en los seres

 humanos un inconfesado miedo a lo desconocido,

 a la incierto y a lo que quiebra nuestros constructos

 o mapas mentales. En cada cambio radical que

 enfrentamos como individuos y como sociedad, la primera reacción es a la parálisis, posteriormente vendrá la negación y por último la elección de dos posibles vías para resolver el miedo: 1) refuerzo las viejas formas tradicionales de ver el mundo y blindo mi conciencia ante el inminente hecho de que el cambio es necesario; 2) me dispongo con confianza, creatividad y apertura hacia la constitución de una nueva forma de ser y está en el mundo.

Es muy característico que el sentimiento de miedo nunca se exprese de forma clara y honesta; muchas veces el miedo es externado en conductas de ira, fundamentalismo religioso, nacionalismo populista e incluso en un profundo conservadurismo moral. Todos los elementos anteriores son expresiones del miedo más profundo e inconfesable.

Hoy nos movemos en las aguas del gran océano de la web (no por nada a la acción de estar conectados se le llama “navegar”) en donde las profecías, las confabulaciones internacionales, las apariciones marianas, los apóstoles de la desgracia y los políticos de ocasión aprovechan la coyuntura para, y desde el miedo, colocarse en la palestra de las opiniones “bien fundadas” y orientar a los desorientados, para vender certezas en el momento de la angustia. Esta preciada mercancía, como lo es la “certeza” se vende bien y muchos esta dispuestos a pagar el precio por una migaja de verdad con tal de no sentir miedo.

El miedo no es para los cristianos una negación de la fe, sino más bien, el inconfundible espacio de abandono y confianza en donde reconocemos los límites de nuestras capacidades como individuos y como sociedad.  Esconder el miedo (legitimo, por cierto) dentro de los discursos de la religión castigadora o del nacionalismo excluyente solo expresa nuestra inmadurez emocional y nuestra falta de coraje frente a la adversidad y nuestra poca honestidad ante nosotros mismos.

El salmo 56 habla de la angustia y del miedo frente a la adversidad, este sentimiento se convierte en salma y se ora a Dios desde la angustia por los males que agobian el cuerpo y el alma. El versículo 3 es el que sentencia la disposición espiritual de la persona afligida: “Pero yo, cuando tengo miedo, confío en ti”. Al final el salmista termina con un acto de acción de gracias al verse librado de la angustia que le asechaba.

La invitación es a que, desde las Escrituras, asumamos una espiritualidad de la confianza frente a la adversidad, a reconocer realmente en qué momento psicológico nos encontramos, y a buscar las mediaciones y apoyos para sobrellevar las cargas de cada día. Así mismo invito a discernir en este océano de visiones de lo que “ha de venir” y desde un profunda y sana crítica, tratando de reconocer los discursos nacidos del miedo o del interés político basado en el miedo, ya que ambos no forman parte de la gran esperanza cristiana que nos hacer volver nuestros ojos a “Aquel que ha vencido al mundo”.

Para finalizar, creo que, si hay una expresión profunda de fe, es aquella que desde el humilde reconocimiento del miedo y la fragilidad emocional sostiene su esperanza no en lo que siente, sino en la Promesa de aquel que anunció que “estaría con nosotros hasta el fin del mundo.” Y si hoy o mañana la angustia anida en nuestros corazones no pensemos que nuestra fe está quebrantada, sino que es el tiempo de proclamar con el salmista: “Pero yo, cuando tengo miedo confío en ti.”

 


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