Pero yo, cuando tengo miedo confío en ti
(Salmo 56:3-5)
Lic. Jeffry Campos Monge
Pastor Luterano
En los periodos de pandemia, así como transiciones
de siglo o en la aparición de un profundo cambio
civilizatorio siempre ha aparecido en los seres
humanos un inconfesado miedo a lo desconocido,
a la incierto y a lo que quiebra nuestros constructos
o mapas mentales. En cada cambio radical que
enfrentamos como
individuos y como sociedad, la primera reacción es a la parálisis,
posteriormente vendrá la negación y por último la elección de dos posibles vías
para resolver el miedo: 1) refuerzo las viejas formas tradicionales de ver el
mundo y blindo mi conciencia ante el inminente hecho de que el cambio es
necesario; 2) me dispongo con confianza, creatividad y apertura hacia la
constitución de una nueva forma de ser y está en el mundo.
Es muy
característico que el sentimiento de miedo nunca se exprese de forma clara y
honesta; muchas veces el miedo es externado en conductas de ira,
fundamentalismo religioso, nacionalismo populista e incluso en un profundo
conservadurismo moral. Todos los elementos anteriores son expresiones del miedo
más profundo e inconfesable.
Hoy
nos movemos en las aguas del gran océano de la web (no por nada a la acción de
estar conectados se le llama “navegar”) en donde las profecías, las
confabulaciones internacionales, las apariciones marianas, los apóstoles de la
desgracia y los políticos de ocasión aprovechan la coyuntura para, y desde el
miedo, colocarse en la palestra de las opiniones “bien fundadas” y orientar a
los desorientados, para vender certezas en el momento de la angustia. Esta
preciada mercancía, como lo es la “certeza” se vende bien y muchos esta
dispuestos a pagar el precio por una migaja de verdad con tal de no sentir
miedo.
El
miedo no es para los cristianos una negación de la fe, sino más bien, el
inconfundible espacio de abandono y confianza en donde reconocemos los límites
de nuestras capacidades como individuos y como sociedad. Esconder el miedo (legitimo, por cierto)
dentro de los discursos de la religión castigadora o del nacionalismo
excluyente solo expresa nuestra inmadurez emocional y nuestra falta de coraje
frente a la adversidad y nuestra poca honestidad ante nosotros mismos.
El
salmo 56 habla de la angustia y del miedo frente a la adversidad, este
sentimiento se convierte en salma y se ora a Dios desde la angustia por los
males que agobian el cuerpo y el alma. El versículo 3 es el que sentencia la
disposición espiritual de la persona afligida: “Pero yo, cuando tengo miedo,
confío en ti”. Al final el salmista termina con un acto de acción de gracias al
verse librado de la angustia que le asechaba.
La
invitación es a que, desde las Escrituras, asumamos una espiritualidad de la
confianza frente a la adversidad, a reconocer realmente en qué momento
psicológico nos encontramos, y a buscar las mediaciones y apoyos para
sobrellevar las cargas de cada día. Así mismo invito a discernir en este océano
de visiones de lo que “ha de venir” y desde un profunda y sana crítica,
tratando de reconocer los discursos nacidos del miedo o del interés político
basado en el miedo, ya que ambos no forman parte de la gran esperanza cristiana
que nos hacer volver nuestros ojos a “Aquel que ha vencido al mundo”.
Para
finalizar, creo que, si hay una expresión profunda de fe, es aquella que desde
el humilde reconocimiento del miedo y la fragilidad emocional sostiene su
esperanza no en lo que siente, sino en la Promesa de aquel que anunció que
“estaría con nosotros hasta el fin del mundo.” Y si hoy o mañana la angustia
anida en nuestros corazones no pensemos que nuestra fe está quebrantada, sino
que es el tiempo de proclamar con el salmista: “Pero yo, cuando tengo miedo
confío en ti.”

No hay comentarios:
Publicar un comentario